22 may. 2009

Te arranca del sueño la alarma de tu reloj, incómodo por el pronto despertar reaccionas ante la recompensa que te espera. Te deslizas en silencio entre tu saco de dormir y te acaricia el pelo la hojarasca de la encina. Lo más difícil ha pasado, has salido de tu vaina y comienzas a vestirte lentamente, recoges tu saco mientras se calienta el agua para disfrutar de un desayuno apacible.
Ya estás dispuesto, comienzas a andar y tus pasos son fuertes y vigorosos en lo que todavía no es ni la lozanía del día. Llevas veinte minutos andando y ya se acerca el momento, aceleras un poco el paso para llegar al lugar donde quieres contemplar el amanecer, otro más, ya no sabes cuantos van, no te importa, todos fueron distintos, todos tuvieron su aquel y en cierto modo, sin saber cuantos fueron de todos te acuerdas.
Ya llegas, ese pequeño saliente que ya conoces bien.
Hoy no te sientas, te desprendes de la mochila, respiras, las nubes se extienden como una alfombra bajo tus pies, te inunda la espera...

... y ahí está.

Es tu momento, solo tú y tus sensaciones, no importa si estás acompañado, en ese momento todos estamos solo con nosotros.

Te llena la luz y un casi imperceptible calor que te eriza la piel. Dos, tres casi cinco minutos y luego llega el desbordamiento, risas, llantos, rabias, cada vez fue distinto, cada vez un poquito de mi se quedo con ese Sol.